En medio de nuestras profundas desigualdades y del drama de la miseria en la que vivien más de la mitad de nuestros compatriotas, es ridículo que el senado apruebe una ley -ahora a la espera de la firma del presidente- que prohibe a los conductores comprar o dar limosna en los semáforos e intersecciones vehiculares, so pena de ser sancionados con 461 mil pesos. Y es ridículo porque las ventas ambulantes que pululan en Colombia son, en últimas, el más fiel y cotidiano síntoma de pobreza y subdesarrollo que ha producido nuestro país.
Pensar que quienes venden productos sin rumbo fijo y sin seguridad social quieren afear nuestras ciudades (que también son de ellos), perjudicar a los comerciantes formales o aumentar la criminalidad es miope, facilista e injusto, pues los vendedores ambulantes, muy lejos de ser el problema son un desgarrador indicativo de nuestro fracaso como sociedad.
El vendedor ambulante es un individuo sin oportunidades, con personas a cargo, muchas veces sin educación y además trabajadora y responsable que todos los días se despierta más temprano que nosotros para vender el primer tinto y se acuesta más tarde, para transar el último cigarrillo. Todo con el único fin de sobrevivir, de comer un día más.
Yo personalmente, en lugar de comprarle unas papitas al Éxito, que factura cientos de miles de pesos por segundo, que trata injustamente a sus proveedores más pequeños y paga mal a los empleados prefiero comprarle a una señora que con su trabajo come y da de comer a su familia y le da algo de formación a sus hijos y nietos.
La situación de los vendedores ambulantes, como casi todos los problemas de nuestra sociead, no se soluciona atacando al síntoma. Las ventas irregulares sólo se acabarán poco a poco y en la medida que el sistema les garantice a los desplazados y a los pobres más pobres, oportunidades mejores, integración y seguridad social.
Al fin y al cabo, nadie con la posibilidad de tener un trabajo de ocho horas, con remuneración fija y sin pagar vacuna, preferiría quedarse bajo el sol y la lluvia, mañana, tarde y noche en un semáforo desolado casi que rogando para que alguien les compre una bolsa de maní. Los vendedores ambulantes no hicieron una elección, fueron empujados a una situación.
Por eso en lugar de aprobar sanciones de medio millón de pesos para quienes compren en los semáforos, nuestros congresistas deberían hacer el trabajo para el cual realmente fueron elegidos y estructurar salidas realistas para el medio país que trabaja en las esquinas.
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