CUATRO MESES TRES SEMANAS Y DOS DÍAS

Hace unos años un amigo ‘cinéfilo’ me recomendó, por ser “un clásico del cine de la vida cotidiana”, una película mexicana en blanco y negro (bastante reciente por cierto) cuyo nombre no recuerdo y que contaba la historia de una tarde en la que dos niños se quedaban solos en la casa de uno de ellos acompañados de un playstation, una coca-cola dos litros y plata para comprar una pizza.
Obviamente en toda la tarde los críos no despegaron sus ojos del t.v., la boca de los vasos de gaseosa y el culo del sillón. Luego el guionista, tal vez para traer algo de emoción, mete a los niños en algún vago problema con un repartidor de pizza en lo que se configura en un drama más bien reforzado para una película tan “cotidiana”.
Del desenlace de la cinta no me acuerdo, seguramente porque las dos veces que intenté verla me quedé profundamente dormido.
Cuando volví a ver a mi amigo, el cinéfilo, le dije que si eso era cotidiano comprendía completamente a la gran cantidad de personas que se suicidan cada día. Si mi vida entera transcurriera en esa esterilidad sensorial yo también me mataría o al menos dormiría profundamente. Por eso desde ese día, pensé que el “cine de lo cotidiano” no saldría nunca más del tedioso baúl en el que lo guardé hasta la semana pasada.
Es difícil encontrar las razones puntuales por las cuales Cuatro meses, tres semanas y dos días me cautivó, pero puedo afirmar que me llamó poderosamente la atención la naturalidad. la tranquilidad y la convicción de la vida diaria que vi en la historia. Todo esto expresado en las actuaciones, los diálogos y los movimientos de cámara de esta película rumana.
Pero tal vez lo que me enganchó definitivamente fue el convencimiento de que la historia que estaba viendo bien podría ser vivida por mi vecina, por la novia de uno de mis amigos o por el celador de la oficina. Esto reforzado por el hecho de que el guión únicamente permite ver y percibir lo mismo que ve y percibe la protagonista, identificándonos aún más con ella por tener las mismas dudas, amigos, compromisos, historias y destinos.
Al fin de cuentas, sin haber leído una sola reseña, ni siquiera una sinópsis de Cuatro meses, tres semanas y dos días entendí que el cine “cotidiano” -que no se si existe- puede ser hecho sin ser tedioso, repetitivo ni soso.
Sólo se necesita lo mismo que para el resto de las películas. Buenas actuaciones, un guión al que no le sobren moños y una historia que nos cautive, sin importar lo simple o lo épica.
Eso sí, una cosa es escuchar el nuevo single de nuestra banda favorita y que hemos seguido toda la vida sabiendo que nada de lo que oigamos nos va a defraudar. Muy distinto, es cuando del género que hemos ignorado o del que hemos denigrado históricamente, sale un tema más que honroso y nos demuestra que las cosas no son como creíamos y de la complacencia cómoda de lo que conocíamos pasamos a la sorpresa pasmosa que nos regala lo desconocido.
Esas sorpresas son las que retuercen nuestros cerebros y nos abren nuevos mundos. Para eso es el arte, eso me regaló esta película.
Archivado bajo: Arte, Películas | Etiquetado: cine rumano, costumbrismo, cuatro meses tres semanas y dos días